En el año 2009, el gobierno de México autorizó las siembras, experimentales y limitadas, de maíz transgénico.

Un clamor de protesta se alzó desde los campos. Nadie ignoraba que los vientos se ocuparían de propagar la invasión, hasta que el maíz transgénico se convirtiera en fatalidad del destino.

Alimentadas por el maíz, habían crecido muchas de las primeras aldeas en América: el maíz era gente, la gente era maíz, y el maíz tenía, como la gente, todos los colores y sabores.

¿Podrán los hijos del maíz, los que hacen el maíz que los hizo, resistir la embestida de la industria química, que en el mundo impone su venenosa dictadura? ¿O terminaremos aceptando, en toda América, esta mercancía que dice llamarse maíz pero tiene un solo color y no tiene sabor ni memoria?

Los hijos de los días, Eduardo Galeano

Los maíces transgénicos o genéticamente modificados son aquellas variedades de maíz que han sido intervenidas en su información genética original a través de sofisticados procedimientos biotecnológicos implementados por grandes empresas multinacionales como Monsanto, Syngenta o Dupont, quienes alteran la constitución de los mismos con el fin de hacerlos más resistentes a inclemencias climáticas o afectaciones por plagas, lo cual no ha sido suficientemente comprobado. Los riesgos de ello son inmensos a la salud no sólo humana, sino también de los ecosistemas y a todo el sistema de producción agrícola, base fundamental de comunidades indígenas y campesinas que, en países como México, se asienta en abigarradas milpas cuyo eje rector es el maíz, principal fuente de reproducción de la vida en términos alimentarios, pero también espirituales, estilísticos, económicos y organizativos.

Se calcula que en nuestro país actualmente coexisten 65 razas de maíz cuya domesticación está profundamente imbricada con la historia de sus pueblos. Para ellos el maíz supera lo evocado bajo el concepto de gramínea pues forma parte sustantiva de su sociedad, manifestándolo en mitos y ritualidad. Más aún, el universo está compuesto por el maíz, “somos de maíz”. Bajo esta perspectiva no es extraño entonces que la defensa del maíz nativo frente al potencial despojo transgénico se encarne no sólo en diversas comunidades, sino en organizaciones y redes de organizaciones nacionales e internacionales que no ceden ante una amenaza civilizatoria que representa el maíz transgénico.